Raúl Rizzo brilla en "Carlos Correas, la voluntad de vivir"

Importante intelectual de la década de 1950, integrante del grupo que editó la revista Contorno -Oscar Masotta, Juan José Sebreli el mismo Carey, entre otros- tuvo una intensa actividad creativa en la que se mezclaban el peronismo y Jean-Paul Sartre, sumada a una bisexualidad que le trajo no pocos inconvenientes en su época.

Esa condición, que lo adelantó en el tiempo a la obra de Osvaldo Lamborghini y Néstor Perlongher, lo llevó a publicar en una revista de la Facultad de Filosofía y Letras, en 1959, un cuento en el que dos hombres se besaban, lo que enfureció a un fiscal muy conservador y a un diario tradicional y le hizo temer ir a la cárcel.

Correas no era un rebelde de gesto desafiante y la situación lo asustó mucho, porque el gobierno de Arturo Frondizi era presionado por los militares y, en silencio, se puso a redactar la novela "Los jóvenes", uno de sus varios libros, que dejó en manos de su amigo Carey y que fue editada años después.

La obra de Carey coloca al personaje en una situación extrema, poco tiempo antes del suicidio de diciembre de 2000, con 69 años y estragado por alcoholes y anfetaminas, esquivando todo realismo y sumiéndolo en una suerte de alucinación.

Por lo que se sabe, el dramaturgo debe haber conocido ese tiempo previo al final de su amigo, en el que Correas ya no es el lúcido intelectual del pasado sino un hombre debilitado por sus adicciones y lo que supone su fracaso vital, del que queda, eso sí, una sensibilidad a flor de piel que sólo puede servir para dañarlo.

Es así que en su misérrima habitación -una propiedad prestada por su ex esposa, a la que se nombra como muy lejana- hay una cama de una plaza y una vieja máquina de escribir entre unos pocos trastos, desde donde Correas solicita por teléfono un "taxi boy" con determinadas características, pero en su lugar aparece una prostituta (María Zubiri), al tiempo que un viejo amante (Daniel Toppino) le reprocha haber abandonado una relación que los unió durante mucho tiempo.

Esos visitantes, que en la soledad absoluta que vive el hombre no son más que frutos de su imaginación, sirven para marcar sus luchas con su propia sexualidad, con una prostituta a la que identifica con una actriz famosa y ese ex amante, que podría ser tal vez un compañero de la revista Contorno.

Con la meretriz tiene un juego que excede lo erótico -incluso imagina, desde su endeblez física, un comportamiento viril ejemplar-, intenta curarla de sus carencias culturales y en su desvarío se ofrece como proxeneta con tal de formar una especie de familia.

Con el ex amante la situación es siempre tensa, como si quisiera renegar de aquel pasado, incluso con injurias escatológicas planteadas del modo más obsceno, en detrimento de recuerdos más gratos -detalles de la intimidad, recorridas nocturnas compartidas-, como si quisiera empujar al otro a un adiós definitivo.

Hay una poesía muy oscura en ese texto de Carey -autor de hitos como "Discepolín y yo" y "Manzi, la vida en orsai"-, que el director Marcove maneja con tino y equilibrio -aun cuando por eso onírico de la narración hay incoherencias en los lugares de entrada y salida de los personajes-, pautando la aridez de esos espíritus con un humor muy cercano al sarcasmo.

Con restos de lo que fue Correas en tiempos mejores -hay una foto de Sartre y otra de Evita en la pared, a las que se suma una imagen de la Virgen de Luján aportada por la mujer-, en su tono crepuscular la pieza está atravesada por ese peronismo inevitable en épocas de proscripción.

Rizzo pone todos sus recursos en juego para exhibir la vulnerabilidad de su Correas, sus cambios de carácter y su propia sorpresa ante ellos, su debilidad ante el juicio y el manejo de los otros, en tanto Zubiri y Toppino encaran con verosimilitud sus tortuosas criaturas.
(Télam)

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